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Peñarrubia, el pueblo que desapareció bajo el agua

Desde pequeño escuché mil y una historias de Peñarrubia, un pueblo malagueño del cual sus habitantes, en el año 1971, fueron obligados a abandonar para posteriormente dejarlo sumergido bajo las aguas del pantano de Guadalteba. Se encontraba muy cerca de Gobantes, conocida por su estación de ferrocarril, y ente las localidades de Teba, Campillos y Ardales.

Una buena parte de estos habitantes terminaron por conformar la barriada malagueña de Santa Rosalía, en el distrito de Campanillas.

Pues bien, a finales de la década de los 90, y coincidiendo con una de las mayores sequías que ha padecido la Costa del Sol, nos llegaron rumores de que el pantano se había secado casi en su totalidad y el pueblo había salido a la superficie. Aprovechando la bajada del nivel, algunos osados habían conseguido acceder en sus todoterrenos a la zona, vetada hasta el momento por el agua. Como la curiosidad mató al gato, y la palabra “barro” siempre ha sido un poderoso imán para nosotros, decidimos hacer un inspección del terreno, con el fin de realizar una posible ruta 4×4 por la zona, siempre que las condiciones lo permitiesen. Según nos habían dicho no era tarea fácil, ya que aunque prácticamente no había agua, sí quedaban algunas zonas de barro, muy blando y profundo, formado por múltiples capas de sedimento, es decir, el típico fondo de los pantanos.

Con la idea de no movilizar mucho personal para evitar los problemas que conlleva tener que mover muchos vehículos, partimos con dos todoterrenos, mi buen amigo Daniel Escalona, con un Toyota LJ 70, con motor 2.5L, más conocido como “el Toyota Japonés”, por el origen de su mecánica, y yo con mi Lada Niva.

Por razones de peso y agilidad, y de neumáticos, ya que recientemente había montado unas flamantes BF Goodrich, el Niva era el que iba abriendo ruta, confiados en que en el momento en que me atascase, algo que teníamos asumido desde el primer momento, el Toyota con su mayor peso y potencia sacaría con más facilidad el vehículo de origen Ruso de cualquier atolladero, mientras que en el caso contrario, no me resultaría tan fácil la tarea.

Y la verdad es que los pronósticos se cumplieron, y aunque no tuvimos demasiados problemas para acceder a la zona, ya que encontramos un camino con suelo de piedras bastante firme y compacto, a la vuelta, posiblemente por exceso de confianza, o para evitar que la jornada resultase muy aburrida, me acerqué demasiado a la zona inundada y como era de esperar terminé atrapado en un profundo barrizal, de esos que no ves hasta que el vehículo está completamente hundido y hagas lo que hagas estás sin opciones.

Por suerte, el Toyota cumplió con su función, y a base de tirones, ya que no llevábamos más equipo de rescate, consiguió sacarme sin demasiados problemas, aunque eso sí, al rato tuvimos que parar y desmontar las ruedas delanteras del Lada Niva, ya que tenía tanto barro acumulado que no podía girar la dirección, así que con la ayuda de una pala conseguimos liberar los elementos mecánicos y volver sin más incidencias.

En lo que respecta a la ruta, la sensación de andar por un pueblo fantasma, es realmente impresionante, pensar que por esas calles jugaban los niños y estaban llenas de vida es algo que nunca olvidaré. En ese momento, salvo algunas paredes de casas y la iglesia, que estaba prácticamente intacta, en especial el campanario, no quedaba mucho, sólo un laberinto de piedras que indicaba con bastante exactitud las medidas y dimensiones que en su día tuvo la localidad.

Como era de esperar la sequía pasó, volvieron las lluvias, y el pueblo volvió a inundarse, desapareciendo nuevamente bajo las aguas del pantano, y sólo quedando visible la torre de la iglesia, bajo la cual nosotros habíamos pasado. Con el paso de los años leí en la prensa que el último vestigio de Peñarubia, el pueblo cubierto por las aguas de un pantano, la torre de la iglesia, se había derrumbado. De alguna manera, y no se exactamente porqué, me sentí muy triste, como si una parte de la historia, que se negaba a desaparecer, con el paso del tiempo se hubiese rendido y hubiese sucumbido.

De esa experiencia, sólo me quedan algunas fotos, y esta historia, que ahora, después de tanto tiempo, aprovecho para compartir con vosotros.

La sequía no perdona a nada ni a nadie.
La sequía no perdona a nada ni a nadie.

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